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ANTERO JIMÉNEZ SÁNCHEZ

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Así fue mi padre a quien le debo todo

… Presente lo tengo…

En una tarde gris de enero, sin esperar el regreso de las mariposas verdinegras, se fue Antero Jiménez, el Poeta de Torredelcampo. Se fue silencioso, quedo, sin querer despertar a los pájaros. Se fue, como se fueron sus rosas rosas. Se fue con la puesta de sol y “cuando la tarde se moría tras los montes malvas”. Se fue al encuentro de sus ojos verdes:

…………………………………. “Cuando todos los caminospinten la noche de negro, sólo habrá unos ojos verdes 

dentro de mi pensamiento:

¡Qué serán luz que me guíen 

a lo largo del sendero!” 

   
padre color

… Y se fue en invierno sin esperar a la primavera. ¡Cómo se conocían la primavera y él!…

… Se arrullaban en los crepúsculos, en los atardeceres, en las siestas amarillas, en las noches de luna y en los días de sol… Hablaba con las rosas y con los lirios, con las margaritas y las amapolas, y con los almendros cargados de sol y de nieve… Traducía el canto del grillo, el trino de los gorriones, y ese ruido de brisas,  que esculcan los matorrales, para dar fragancias de tomillo, juncos, hinojos y romeros…

¡No!…, no se habría ido en primavera…, por eso no la esperó.

Sé que se fue a su Cielo a sentir más cerca a Dios:

…………………. “¡Qué paz augusta siento  sintiendo a Dios tan cerca…! y al cielo -como Kant- sobre mi frente,ly con la ley moral en mi conciencia”

… Así fue mi padre…

………………………………………………….. Del prólogo a la segunda edición

Por Antero Jiménez Antonio (su hijo)

No es casualidad que yo me llame como él. Tampoco es casualidad que yo tenga algo de poeta y, como a él, me guste escribir. Tal vez sea lo natural, pues es mi padre y de él heredé la imprescindible sensibilidad para poder escribir. Estoy seguro de que, por muchos años que viva, nunca llegaré, ni siquiera, a poder igualar la belleza de sus versos, su sensibilidad, al gran poeta que fue. En esta ocasión, el discípulo jamás podrá acercarse al maestro. Ciertamente me considero su discípulo porque de él aprendí todo cuanto sé. De él heredé la sensibilidad para deleitarme en los paisajes y convertirlos en protagonistas de casi todas mis narraciones. Sirvan estas páginas para rendir un sentido homenaje al que fue y sigue siendo

“E01_000009L POETA DE TORREDELCAMPO”.

Así le gustaba llamarse, así era conocido en su pueblo. A propósito de ello quiero contar una anécdota que, por repetida, nunca dejó de hacerme gracia. Los habitantes de los pueblos son más conocidos por sus apodos que por sus verdaderos nombres. Muy pocos se escapan de tener un mote, que como sobrenombre está en boca de todos. Yo he vivido poco en mi pueblo, Torredelcampo, porque las circunstancias así lo han querido. Con cinco años fui con mi madre a vivir a Cambil, pues ella era maestra y allí la destinaron y mientras, mi padre, como represaliado del franquismo, “disfrutaba” de la cárcel, primero y del destierro después. Luego, tras ganar una beca, me mandaron interno a un colegio. Aj finalizar el bachillerato fui a estudiar a Granada y terminé viviendo en Jaén donde ejercí mi trabajo. Como consecuencia, yo fui muy poco conocido en Torredelcampo y, cuando temporalmente regresaba, algunos me preguntaban curiosos y tímidos al mismo tiempo:

– ¿Tú eres hijo del poeta, con perdón?

Ese “con perdón” es la anécdota. De nada servía que yo les dijera “nada tengo que perdonar, pues es poeta”. Creo que simplemente me agradecían mi comprensión porque para ellos ese era su mote, su apodo. Efectivamente, mi padre era y vivía como lo que era, “EL POETA DE TORREDELCAMPO”


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