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Críticas sobre “El jardín de las Ardillas”

  1. Del Blog “Las Lecturas”Por José Gómez
  2. Donde la sensibilidad cobra su máxima expresión. Por Carmen Fernández Etreros
  3. Nada que envidiar. Por Juan Eslava Galán
  4. Una experiencia de vida. Por Francisco Chica
  5. De la mejor novela social andaluza. Enciclopedia “Jaén Pueblos y Ciudades”
  6. El Ancho Mundo de los Sueños.Por José Luis Buendía López 

 

Del Blog “LAS LECTURAS”

Por José Gómez

…. un tesoro literario de un literato de corazón. Con este libro se descubre un mundo escondido en una época cercana, la vida de nuestros padres, sus problemas, su forma de conocer el amor, el miedo a la religión, sus propios miedos.

Antero nos describe un mundo agrícola sin tiempo pero no tan lejano de forma amena, literal y agradable. Nos deja siempre con ganas de conocer más del mundo y de los problemas que nos va contando poco a poco en el libro, siempre de forma amena y poética, mezclando la narración con la poesía, la descripción con la historia reciente de nuestro país, desde la primera página nos lleva a esa provincia de la Andalucía profunda, trabajadora.
Un libro que de verdad merece la pena conocer, fuera de la literatura de gran difusión, pero que nos hace ver  que no todo está explorado y que se puede hacer algo muy bueno sin grandes alardes.

 

El Jardín de las Ardillas, donde la sensibilidad cobra su máxima expresión.

Comentarios  literarios de la revista electrónica de libroline

Redacción  Carmen Fernández Etreros

 Sensible y emocionante novela en la que se cuentan las peripecias vitales de Pedro, un joven nacido al contacto salvaje e instintivo de la naturaleza, cuyo comportamiento va cambiando por el influjo de la educación, el amor y la religión. El protagonista de la novela ve cómo su vida va confinándole por sus propios actos y elecciones desacertadas en una inevitable soledad y falta de amor. La represión de la religión católica y la sociedad provinciana acaban destruyendo los ideales del protagonista, que no encontrará alivio a sus angustias espirituales ni en su idílico amor con Elena ni en su ansiada formación como médico.

El narrador relata con nostalgia su infancia feliz en contacto con la naturaleza. La sabiduría natural de su padre, capaz de ver la vida a través de cuentos y leyendas tradicionales, se convierte en el punto de partida de sus reflexiones filosóficas.

El escritor andaluz, siguiendo la corriente realista, cuenta cronológicamente desde la primera persona los cambios en la vida del protagonista con una estructura narrativa cargada de frecuentes desplazamientos en el tiempo. Acierta en la combinación natural de  varios géneros en la novela como la prosa, la poesía y la epístola en un juego literario armónico y diferente. Destaca la impresionante y minuciosa descripción de los bellos paisajes andaluces con sus cortijos y naturaleza agradecida y de sus paseos por  la histórica y compleja ciudad de Granada.

Una novela cercana e intimista en la  que se invita al lector a pensar en su vida y en lo que verdaderamente importa a la luz del ejemplo marcado de la historia del protagonista.

 

 Nada que envidiar

Juan Eslava Galán

 “… del premio Azorín del que soy jurado. Puedo decirte que no me ha parecido que tenga nada que envidiar a las que van a la cabeza del premio”.

Una experiencia de vida

Francisco Chica

 “… lo que más me ha interesado de su novela es el papel que otorga a la memoria (la rememoración del pasado que hace), la visión del entorno y del paisaje, y el tono íntimo – de profunda confesionalidad – con que sabe envolver a personajes y situaciones. Recoge en ella toda una experiencia de vida, y sólo eso ya la justifica e incita a leerla”.

 De la mejor novela social andaluza

Enciclopedia Jaén pueblos y ciudades editada por Diario Jaén

“Antero Jiménez Antonio sorprende con tonos narrativos propios de la mejor novela social andaluza, “El Jardín de las Ardillas”, entreverada de autobiografía y sentimiento nacionalista…”

EL ANCHO MUNDO DE LOS SUEÑOS

 Prólogo de José Luis Buendía López

 Profesor Titular de Literatura de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Jaén

 “Se hace el pobre, siendo como es, tan rico”, le contaba a Pedro el protagonista de la novela “El jardín de las ardillas”, un padre campesino, imbuido por el toque especial de la fantasía creadora, e incluía un mensaje en el cual, los pequeños roedores del bosque, imbuían esperanza en alguien que se sentía muy solo, muy pobre, y que gracias a esas amigas irracionales, toma pronto conciencia de su riqueza, es decir, de poseerlo todo sin atesorar nada, gracias precisamente a carecer hasta de lo más elemental: “comprendió que, en efecto, poseía más que nadie en el mundo: todas las flores del campo y las mariposas y los animalillos, los gorriones y los vencejos…”

A Pedro, el protagonista de la novela de Antero Jiménez, la fábula le sirve para construir su vida en torno a un ir y venir de desavenencias espirituales sobre su propia personalidad. Todo en este protagonista se mueve en el círculo de las contradicciones que un hombre puede generar alrededor de una existencia sin grandes avatares externos, construida más bien como una aventura espiritual, una acción que más bien es pasión, aprendizaje.

El relato cuenta, con técnicas de salto atrás en el tiempo, lo que ha sido la vida de un médico que, con un pie ya en la otra vida, hace balance de ésta. Nos va dando cuenta fiel de los elementos de la misma que constituyen lo que podemos considerar sus éxitos y sus fracasos. Tanto los unos como los otros aparecen descritos por parejas, de forma dual que parece reflejar ese alfa y omega en que consiste nuestro paso por el mundo. Así, al mismo tiempo que se narra el amor hacia la madre, nos informa del dolor de su pérdida antes de poder gozar de su afecto; el descubrimiento del amor y del sexo aparecen ligados a terribles represiones que hacen enloquecer al protagonista; su descubrimiento de la madurez, la etapa universitaria, etc, no se desprenden casi nunca de esta sensación agridulce que deviene al pensar que en todo goce hay escondido un peligro, una sensación de pérdida prematura del paraíso que conduce al alejamiento definitivo de éste.

Como todas las criaturas de las buenas novelas, Pedro es un personaje escindido. Su voz, que nos llega desde el último recodo de su vida, suena admonitoria, con una gravedad casi tridentina que sólo se alivia gracias a ese recorrido apasionante en que consiste el relato, el descubrimiento gozoso de la dicha, su entrega entusiasta a la vida, a un amor apasionado, a una vocación asumida honradamente. Pero esos sentimientos que van a configurar la cara positiva de un hombre dichoso, pronto se van a ver  contrarrestados por la manzana envenenada que su imaginación atormentada imagina en cada uno de los goces, en cada vericueto donde un día descubriera la felicidad.

La novela, que sorprende por la frescura del lenguaje y la sabia combinación de elementos costumbristas y filosóficos, rebozados todos ellos por una elegante elucubración de la experiencia, parecería un alegato acerca de la imposibilidad del ser humano para alcanzar su plenitud, si no fuera por que la salva esa vuelta de tuerca del protagonista hacia los predios de la infancia, el retorno gozoso a esa fábula del hombre pobre al que una simple ardilla del bosque le alecciona en el sentido de que, si el hombre quiere, puede ser el más rico poseedor de todos los dones imaginables. El autor no se recata a la hora de narrar la intervención del prodigio que salva la esperanza: “Dios ha querido que, en los últimos tiempos de mi vida, encuentre  mi ardilla, como aquel mendigo del cuento que me contó mi padre hace ya muchos años”.

Estamos, pues, ante una fábula que nos salva del pesimismo en el último momento. Confieso que he quedado fascinado por la pirueta última con la que Antero sortea el pesimismo macabro de un personaje que parecía hundirse en el fracaso. Si el Ciudadano Kane, en el postrer suspiro de su vida prepotente y excesiva, invocaba, como si fuera un conjuro, un objeto de su primera infancia, de cuando aún era posible la felicidad, Pedro, es decir, el novelista enmascarado en la creación, acude a esos mismos espacios para tratar de demostrar que en todos los sueños, esos primeros anhelos del hombre, se escriben sobre arenas movedizas.


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